Vamos a contar verdades

  Que si el efecto placebo, que si la cuántica, unos que si la ética profesional, otros que si la libertad de elección, que si el número de Avogadro por aquí, la memoria del agua por allá… No es de extrañar que los legos en la materia se sientan como si viesen un partido de tenis: uno sirve, el otro la devuelve, y el espectador acaba con tortícolis y apenas una vaga idea de lo que acaba de pasar. Pero, en este partido de tenis, el observador desconoce las reglas de juego. No sabe dónde están las líneas que definen la validez de un punto. De hecho, ni siquiera entiende bien el marcador. No se alarmen, hay un truco muy sencillo para aclarar todo esto.
  Vamos a dejar aparcados por un momento los palabros científicos y las grandilocuentes declaraciones de libertad y honor. Lo que mueve el mundo es el amor. No, no me acabo de meter entre pecho y espalda un maratón de Disney ni me he puesto El diario de Noah en bucle. Me refiero al amor al dinero. Esto suena más convincente, ¿verdad?

  Los farmacéuticos comunitarios –es decir, los que trabajan en una oficina de farmacia- obtienen su salario de las dispensaciones de medicamentos, de los productos de venta libre y de los servicios profesionales que ofrecen. Por normal general los beneficios son un porcentaje del precio del producto: a más ventas y a mayor precio del producto, mayor ganancia. No se escandalicen ni se rasguen las vestiduras: las farmacias son establecimientos sanitarios pero también empresas privadas, y como tales dependen de sus ingresos para garantizar su viabilidad y los puestos de trabajo; los sanitarios, como el resto, no podemos vivir del aire. El problema viene cuando ponemos los intereses personales por encima de los intereses del propio paciente. 

  No todos los productos dispensados en una farmacia son igual de rentables. En el caso de los medicamentos de prescripción médica, dicho margen está fijado en un 27’9 %. Aquí el farmacéutico tiene poco margen de maniobra: el número de pacientes y de recetas en su radio de influencia es limitado. Sin embargo, queda un factor: el precio del producto. 

Hagamos dos cálculos:
• El precio de venta del laboratorio de un tubo de gránulos de homeopatía de dilución 7 CH de 4 g es de unos 5’50 €.
• Sumando el margen del distribuidor (7’6 %), tenemos que la farmacia lo compra a 5’95 €.
• Aplicando el mismo margen que al resto de medicamentos (+27’9 %) y el IVA (+4 %) el precio de venta al público es de 7’95 €. Beneficio bruto: 2 €.
• Repitiendo el proceso con el producto homeopático Traumeel (50 comprimidos; indicado por ejemplo para golpes o esguinces), con un PVP de 9’99 €, el beneficio es de 3’06 €.
• Por otro lado, el Ibuprofeno (40 comprimidos) tiene un PVP de 1’97 €, dejando un beneficio de 60 céntimos.
• Es decir, para la misma dolencia, la homeopatía cuesta casi 5 veces más, y genera un beneficio bruto 5 veces superior. Como mínimo, ya que es posible que una farmacia especializada en homeopatía, al hacer pedidos mayores, consiga descuentos de los proveedores y obtenga un mayor margen de beneficios.

(Nada mal teniendo en cuenta que pidiendo un café en el bar de regalan un sobrecito con 8 g de homeopatía genérica.)

Tiene su gracia que la industria alimentaria esté loca por eliminar el azúcar y la lactosa de sus productos para que luego la gente los compre a 2 € el gramo.

  Como puede ver, para el farmacéutico económicamente no es lo mismo darle una cosa que otra. Y si se trata de un medicamento financiado con receta, la diferencia es mayor: por un lado, el paciente no asume el coste íntegro, sino un porcentaje, y por otro, a partir de cierta cantidad de facturación a la Seguridad Social, esta se hace descuentos. En cristiano: si la farmacia factura a Sanidad 37.500 € o menos, Sanidad le pagará ese importe. Sin embargo, si factura entre 37.500’1 y 45.000 €, Sanidad le pagará 37.500€ y sólo un 92,2% de lo que sobrepase esa cantidad. No, definitivamente a nadie le es indiferente todo este tema.

BOE Real Decreto 823/2008, del 16 de mayo.

  Para mejorar las cosas, mientras el precio de los medicamentos (como los sueldos) no hace sino bajar y bajar, el de la homeopatía sube y sube: el ejemplo del tubo de gránulos, que hoy tiene un precio de 7’95 €, en 2013, tenía un PVP IVA de 7’30 €, y en 2014, de 7’90 € . Una subida difícil de explicar, a mi parecer, dado que el agua, el azúcar y la lactosa son excipientes baratos y la nula inversión en investigación detrás de estos productos (la lógica dicta que primero se sepa cómo funciona un producto, se realicen estudios y luego se comercialicen ¿verdad? Es lo que se hace con los medicamentos, que se someten a ensayos clínicos durante años. ¿Todos? ¡No! Unos irreductibles productos se resisten ahora y siempre al sentido común: los, mal llamados, medicamentos homeopáticos).

  Los homeópatas no son ángeles caritativos en pie de guerra contra los perversos intereses de la industria de “la medicina convencional”. Estos espíritus puros le están cobrando, y no poco, por un producto alegal, con menos controles de calidad que los medicamentos de verdad (porque, piénselo, ¿cómo se comprueba la presencia o ausencia de un compuesto en concentraciones indetectables? ¿Cómo aseguran que en ese frasco hay una dilución infinitesimal de Arnica montana y no de Oscillococcinum? ¿Que no ha habido una contaminación cruzada o un error en el etiquetado? Muy sencillo: ni lo saben ni les importa).

  La próxima vez que se enfade con un farmacéutico por no querer darle homeopatía, recuerde que lo que está haciendo es no ganar dinero vendiéndole un producto que no le hace falta. Los farmacéuticos, como sanitarios que somos, tenemos el deber de dispensarle lo que le necesite, no lo que pida. Ni siquiera si el que lo manda es un médico. A veces los facultativos se equivocan en la dosis, o pueden dar varios medicamentos que no deberían administrarse juntos, y es trabajo del farmacéutico corregir ese tipo de errores. Si el médico le diese un medicamento que no necesita, seguro que agradecería que el farmacéutico le señalase el error y le ahorrase un dinero. ¿Por qué se indigna entonces cuando se trata de homeopatía?

—“Es que quieren que sigamos enfermos, la medicina convencional cronifica las enfermedades, las alternativas las curan”.

  A ver, por partes. Está usted asumiendo alegremente que ni los críticos con las terapias alternativas ni nuestros seres queridos nos ponemos enfermos. Eso, o que no queremos curarnos. Y, por otro lado, es difícil que una enfermedad se cronifique si es una dolencia que se cura sola o si el paciente la palma. Hay casos afortunados de gente que supera enfermedades tan duras como un cáncer sin ser tratada (con medicina, quiero decir). Se llama remisión espontánea. Existe, e ingerir bolitas de azúcar, agua bendita o colgarse una pata de conejo de la oreja no hacen que ocurra. Pero muchos no tienen tanta suerte. Renunciar a la medicina incrementa en casi 5 veces la mortalidad del cáncer. Claro que la medicina no puede salvarlos a todos, pero las alternativas no salvan a nadie (salvo el bolsillo de algunos).

¿Recuerdan aquello de “quien bien te quiere te hará llorar”?

—“Es que es complementario, es una terapia compatible con los otros tratamientos”.

  Para el farmacéutico y el homeópata es complementario. Un sueldo complementario, concretamente, pero para el paciente es tan buen complemento como leer el horóscopo o santiguarse, e igual de compatible con cualquier medicación.

—“Pero el paciente tiene derecho a decidir libremente”.

  Totalmente de acuerdo. Pero hay una pega. Uno no puede decidir “libremente” sin estar bien informado, y los estudios rigurosos concluyen que la homeopatía no ha demostrado efecto más allá del placebo. 

  Tal vez caiga usted en la tentación de tacharnos a los críticos de ignorantes o desinformados. Les voy a contar un secreto: en la carrera de farmacia existen (o al menos existían) asignaturas sobre homeopatía. Concretamente, yo cursé la optativa Fitoterapia y homeopatía (actualmente han quitado la parte de homeopatía). La empecé desconociendo absolutamente el tema y sin ninguna idea crítica (de la homeopatía; la fitoterapia, el uso de plantas medicinales, es otra historia distinta, ¡nunca las confunda!). La profesora dedicó un par de clases a la parte de homeopatía: quién la desarrolló, de qué hipótesis parte (que una sustancia que causa ciertos síntomas, al diluirla, los cura (ejemplo: cafeína diluida para curar el insomnio) y que a mayor dilución, mayor potencia), los métodos de preparación y cuál es el truco que esconden algunos preparados homeopáticos que sí funcionan: que no son homeopáticos, sino que contienen fármacos o extractos de plantas medicinales en concentraciones terapéuticas, detectables. De este modo el paciente mejora creyendo que lo que le cura es la homeopatía, cuando en realidad está usando medicina convencional camuflada y sobrevalorada.

  En la época en la que se desarrolló la homeopatía, los tratamientos médicos, como la sangría, solían empeorar al paciente. Una terapia que no haga nada era, en comparación, una mejora. Hoy en día, no obstante, supone un peligro al llevar a los pacientes a abandonar o retrasar el uso de tratamientos de eficacia probada, o a tomar más riesgos por creer estar protegidos.

Las diluciones son infinitesimales, los precios no.

  Ahora que conoce un poco mejor de qué va la historia quizás pueda comprender que la división no está entre homeópatas incomprendidos y malvados capitalistas vendidos al sistema, sino entre quienes miran por su bolsillo y quienes miran por su salud, aunque eso les haga quedar mal.

Leticia Goimil García

Farmacéutica. Estudiante de Doctorado.

 

1 comentario en “Vamos a contar verdades”

  1. Los farmacéuticos y médicos os creéis ser Dios, pero sólo sabéis lo que os dejan saber es decir el conocimiento alcanzado a día de hoy. «Solo se que no se nada» decía un gran filósofo. Que para demostrar los efectos de la homeopatía igual hacen falta otros métodos diferentes a los usados en la medicina convencional no se os ocurre. El burlaros de estos métodos, y de las personas que los usamos ridicularizandolas tampoco os hace ni más sabios ni más creíbles. Para mí NO sois la referencia omnipotente que pretendéis ser. Hay buenos médicos y muy malos médicos o farmacéuticos El individuo es mucho más que solo órganos qué miráis y tratáis como si no tuviesen relación alguna. Esta medicina que tanto defendéis no cura, enferma a quien lo toma por los efectos secundarios los cuales son tratados con otros medicamentos que causan nuevos efectos secundarios y así hasta que uno se muere. cuantos medicamentos que pasaron los controles exigidos se tuvieron que volver a retirar porque causaban daño o mataba a gente? (mentiras y triquiñuelas de la farmacéutica). Que productos homeopáticos han matado a nadie? Engañaréis a mucha gente con vuestros argumentos, pero a muchos no.

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